Sunday, February 20, 2011

En sus marcas...

Cantando voy por la vida
nomás recoriendo el mundo
si quieren que se los diga
yo soy un alma sin dueño
a mí no me importa nada
pa' mi la vida es un sueño

yo tomo cuando yo quiero
no miento soy muy sincero
y soy como las gaviotas
volando de puerto en puerto
yo sé que la vida es corta
al fin que tambien la debo.

Para Aleks, el cómplice

Es común pensar que los viajes son un lujo. No obstante, debería entendérseles como una actividad necesaria en el crecimiento espiritual, emocional y, particularmente, intelectual del individuo. Referiré ahora aquella frase cliché que todos citamos en algún momento de nuestra existencia para ilustrar el momento en que por algún extraño movimiento astral nos sabemos fuera de nuestra zona de confort y de frente a nuestros más entrañables demonios cotidianos: Me encontré a mí mismo

     Los viajes ayudan a que uno se encuentre a sí mismo. Intervienen en el reconocimiento de cada miedo, en el relato minucioso de cada decisión y su correspondiente consecuencia, en el proceso de distanciamiento de lo que más se quiere solamente para regresar a ello, ya con nuevos ojos, por tiempo limitado y con una capacidad de disfrute magnificada. Y es que todos los ilustres viajeros de la historia han echado mano de ellos para hablar con Dios, para resanar amores extraviados, para verse a sí mismos desde el retrovisor como si el reflejo que tienen enfrente fuese otra persona a la que nunca han visto en su vida y que, como afectados por un narcisismo primario y universal, encuentran terriblemente hermosa. 

     Recuerdo el desprendimiento social y moral que Jack Kerouac experimentó al lanzarse en el camino, de costa a costa americana. Hay viajes como esos que iluminan, hacen a uno más sensible a las dificultades de la existencia, la propia y de los demás. Otros, como los de Hemingway, que intelectualizan, nos hacen reparar en el sencillo acto de observar para aprender del olor del café a las tres de la tarde en La Habana lo que calla el de las nueve de la mañana en una buhardilla madrileña. Dicen que el Che Guevara hubo de recorrer en motocicleta medio continente para que aprendiera lo que cala el dolor y que hay peregrinos que recorren un camino milenario en Europa para acercarse más a lo sublime del Dios de todos los católicos. Hay otros, como James Baldwin y Gertrude Stein, que se exilian para entender sus propias sociedades; la distancia suele ser el mejor método de análisis existencial. 

     Y así se suceden los ejemplos. Las crónicas corren de norte a sur, de oriente a occidente, de pueblo a ciudad, de casa en casa. Así este espacio busca capitalizar en las rutas y el desasosiego, los dos juntos, para rescatar de cada paisaje, de cada puesta de sol, de cada lectura y cada sueño, cada sensación de vuelo y aterrizaje, la certidumbre de que habemos quienes nunca terminan de pertenecer (a nadie y a ninguna parte).

     Se llora, se escribe poesía, se pierde el temple frente a las debilidades, desde las carnales a las exquisiteces más exclusivas. Se leen libros, se construyen espacios, sótanos, zonas de enraizamiento que siempre se abandonan porque el pasaporte reclama un nuevo sello, porque los pies piden un masaje después de una larga caminata, porque la boca-desconocida-que-ofrece-un-beso-en-la-oscuridad se aleja más a medida que uno se acerca. Está en Chiapas, en Oaxaca, en Livingston, en los puertos navales, enterrado en las dunas marroquís, en las profundidades de Chueca, en la zona prohibida de Barcelona o en el último trago de una caguama, casi al amanecer, en una cantina de mala muerte en el centro de la ciudad de México, allí donde treinta tres travestis cantan canciones de cuna a los soldados ebrios para que las lleven a pasear de la mano a la Alameda, al amanecer. 

     Así se es. Como dijo Facundo Cabral, no soy de aquí ni soy de allá. Empecemos a andar pues.


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